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Palabras de Su Alteza Real el Príncipe de Asturias en la inauguración del VI Congreso Internacional sobre Víctimas del Terrorismo

 
Shawn Larkins
Mar 16 2010 09:34

Salamanca, 11 de febrero de 2010

 

 

Muchas gracias por invitarnos de nuevo y por acogernos tan calurosamente. Un año más nos da mucho gusto a la Princesa y a mi acompañarles en la apertura de este Congreso Internacional sobre Víctimas del Terrorismo, organizado por la Fundación San Pablo-CEU, que, en su VI Edición, vuelve a España. Participan, como vemos, destacadas autoridades, personalidades y expertos de varios países, así como un número importante de entidades que agrupan a víctimas y familiares, españoles y del mundo entero. A todos les damos nuestra bienvenida más cordial.

Nos unimos a todos vosotros en esta bella ciudad castellano-leonesa de Salamanca, cuna de saber y de cultura, y que acumula tanta historia en sus calles, plazas y construcciones, para rendir un sentido tributo de respeto y afecto a cuantos perdieron la vida por la sinrazón terrorista y a quienes sobrevivieron a sus atrocidades, así como para expresar nuestra más profunda solidaridad hacia sus familias.

La lucha contra la barbarie terrorista debe ir siempre acompañada de un apoyo profundo y generoso a las víctimas y sus allegados. Esa solidaridad, ese gesto de humanidad, de empatía; ese compromiso con ellas como referentes de la acción política en este terreno es el sentido de estos Congresos y de nuestra presencia con vosotros esta tarde.

Permítanme recordar en este punto la impresión tan emotiva que nos produjo la inauguración del V Congreso en la querida ciudad colombiana de Medellín. Allá palpamos la intensidad con la que el dolor generado durante años por la violencia terrorista, sigue dejando su huella indeleble en tantos miles de personas y familias colombianas, en la misma entraña de esa sociedad ejemplar, tan querida y admirada, que consideramos hermana nuestra. Pero sentimos también la fuerte esperanza con la que se vive tanto la lucha constante contra sus acciones y sus justificaciones, como el avance exitoso hacia su erradicación definitiva; deseo que todos compartimos y con el que estamos comprometidos.

El terrorismo es una de las más deleznables expresiones del totalitarismo, del odio y de la intolerancia. No me cansaré de repetirlo: es profundamente inhumano aunque lo cometan seres humanos, es cobarde y siempre injustificable; atenta contra los más elementales derechos humanos, empezando por la vida, la libertad y la integridad física y moral; destroza familias y deja secuelas brutales; es el mayor enemigo de la Democracia y de la Paz; y, además, es con frecuencia un gran freno o lastre para el desarrollo en muchos lugares del mundo. Por todo ello, suscita nuestra condena más firme y nuestra repulsa.

Señoras y Señores; en este Congreso estamos reunidos sobre todo con muchas víctimas del terrorismo; también con un buen numero de autoridades y asociaciones que trabajan para respaldarlas y asistirlas en sus derechos y en su dignidad.

La historia de dolor de cada una de ellas refuerza nuestro más absoluto rechazo al terrorismo, al tiempo que redobla nuestra determinación de combatirlo para borrarlo de la faz de la tierra. El papel de las víctimas resulta fundamental -y permítanme que insista en esto que supongo será recurrente durante el Congreso- pues su testimonio de dignidad personal se convierte en referente moral para todos. Constituye una expresión genuina de la tolerancia, el pluralismo y la libertad que están en la base misma de la democracia y de los derechos humanos.

Son las víctimas, en definitiva, símbolo de la fortaleza de nuestros principios y valores. Conocerlas, sensibilizarnos con sus problemas y atender sus necesidades, no son sólo exigencias morales y de justicia, sino obligaciones coherentes con la voluntad de erradicar el terrorismo.

Como fenómeno transnacional, el terrorismo requiere también de respuestas de carácter internacional que vertebren la unidad de todos para combatirlo. No podemos pretender que sean problemas aislados y que por estar en ocasiones físicamente lejanos no nos afecten o amenacen. Ya nadie, ningún país puede permitirse mirar a otro lado y evitar comprometerse a ayudar, a compartir el esfuerzo y el riesgo, porque ninguno puede sentirse seriamente libre de sufrir sus ataques directos o sus consecuencias.

Hoy está fuera de toda duda que debemos actuar coordinada y concertadamente, con firmeza, inteligencia y visión de conjunto, tanto en el entorno más cercano de las calles de nuestras ciudades y pueblos, como en los lugares más alejados, para enfrentar con mayor eficacia global esta amenaza cuyas diferentes caras, modalidades y pretextos se han interconectado y globalizado de muchas maneras desde hace tiempo. Y naturalmente, también debemos trabajar juntos con la comunidad internacional para asegurar el respaldo, atención y respeto que merecen las víctimas y sus familias.

Desde hace años, tanto en el plano internacional, como en el europeo y en el nacional, se trabaja en la promoción y protección de sus derechos, para poner fin a toda deshumanización de las víctimas en cualquiera de sus manifestaciones, reconociendo así sus derechos de memoria, justicia y reparación.

En España, como dije el año pasado en Colombia, hemos avanzado en esa dirección gracias al potente movimiento asociativo y fundacional de víctimas, a las Administraciones atentas a sus necesidades, y a una avanzada legislación en la materia.

Todas esas asociaciones, fundaciones y colectivos de víctimas merecen nuestro profundo reconocimiento, pues son un pilar esencial del compromiso de nuestra sociedad civil hacia ellas y sus familias. Las arropan, canalizan sus justas y legítimas pretensiones, y contribuyen a sensibilizar al conjunto de la sociedad en su rechazo al fanatismo y a la violencia.

Señoras y señores; terminar con el terrorismo es un imperativo moral para todas las sociedades libres, comprometidas con la defensa de la vida, de los derechos humanos y de las libertades fundamentales, para ello contamos con la acción de la Justicia y de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, con la fortaleza del Estado de Derecho y cada vez más con la indispensable cooperación internacional.

El terrorismo ha segado muchas vidas y ha causado daños, tantas veces irreversibles, a demasiadas familias. Por ello, la Princesa y yo queremos reiterar nuestro homenaje profundo y emocionado a todas las personas víctimas de la barbarie terrorista. Las tenemos siempre -junto a sus seres queridos- muy presentes en nuestro corazón y en nuestro pensamiento. Saben que tienen nuestro afecto y solidaridad.

Y termino, señoras y señores, con un mensaje de gratitud y ánimo en su tarea para cuantas autoridades, entidades y personas, luchan contra el terrorismo y trabajan en apoyo a las necesidades de las víctimas, pues hacen realidad nuestro compromiso colectivo con la vida, la justicia, la democracia y la libertad. Dedicamos asimismo un recuerdo especial a nuestros compatriotas -volcados en la cooperación- actualmente secuestrados, con el deseo firme de que sean pronto liberados.

A los ponentes y participantes os deseamos mucho éxito en este VI Congreso Internacional de Víctimas del Terrorismo, que ahora me cabe el alto honor de declarar inaugurado. Así, os cedo el testigo, para que sean vuestras voces y testimonios los que asuman ya el verdadero protagonismo.

Muchas gracias.

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